A pesar de su empeño, cuando prendió la mecha, palideció al observar cómo se perdía la vida de aquel cuerpo ya inerte. Sabía que era un asesino sí, pero no uno cualquiera, sino de aquellos que saben con certeza que el motivo de su proceder es tan noble como el hacer justicia. Antes, sin embargo, había sentido que era su propia vida la que se le escapaba, y no la de su víctima, que aún parecía querer decir algo. Tras una profunda reflexión, aquel extraño, superviviente en aquella época insólita, le había parecido el más idóneo. Se quiso ir a toda prisa, no sin antes echar una nueva mirada a su obra; con una media sonrisa y unas lágrimas furtivas resbalando por sus mejillas, cayó en la cuenta de que nunca volvería a necesitar los consejos que daba el tiempo. Frente a sí, aún estaba su futuro, de nuevo, el primer día del resto de su vida. La víctima sólo era un almanaque consumiéndose por el fuego y, pronto, con una simple brisa, no más que un montón de cenizas esparcidas al az...