Halley
Tras jugar todo el día, el niño vio a Halley, contuvo la respiración y pidió un deseo. Luego soñó que pasaba el resto de su vida buscando una felicidad que se hacía inalcanzable.
Un
instante después, se despertó, cogió su bastón y subió con
torpeza hacia la azotea para volver a mirar al cielo con asombro.
Esta vez lo maldijo por no haber concedido su plegaria.
Habían
pasado setenta y seis años; entonces supo con certeza que la
felicidad es sólo un instante fugaz que irrumpe cuando no la
invocamos y que un deseo es sólo un sueño que respira cuando no
dormimos.
RAFAEL BADILLO FUENTES

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